sábado, 20 de noviembre de 2010

De la Guerra de Marruecos y el uso de armas químicas por parte del Ejército español


Tras el Desastre de 1898, cuando España perdió su última presencia colonial en América y Asia, África se convirtió en el nuevo objetivo expansionista. España tenía ya una presencia muy anterior en algunos enclaves costeros como Río de Oro (futuro Sahara Occidental) e isla de Fernando Poo, donde logró entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX el reconocimiento internacional del dominio sobre nuevos territorios, por ejemplo, Río Muni (actual territorio continental de Guinea Ecuatorial). No obstante, el objetivo principal era Marruecos. Francia le reconoció a su aliada, España, el derecho a ocupar parte del territorio y España se aprestó a imponer un protectorado sobre la parte norte del país. En el Rif, la región más pobre de Marruecos, la dominación europea resultó particularmente difícil. La resistencia de buena parte de los rifeños fue tenaz, liderada por el mítico Abdelkrim. Aunque España logró asentar la dominación sobre el protectorado, ésta resultó particularmente difícil, principalmente cuando en 1921 el Ejército colonial español sufrió el revés de Annual (Desastre de Annual). Ya con la dictadura de Primo de Rivera, la Guerra de Marruecos se convirtió en una prioridad absoluta del gobierno y, tras el éxito del Desembarco de Alhucemas, se logró la dominación completa y pacificación del territorio hacia 1928.

En ese contexto, de la Guerra de Marruecos en los años veinte, se produjo un hecho poco conocido: el uso de armas químicas por parte del Ejército español para sofocar la revuelta de los rifeños. Aunque no hay aún una versión clara y concluyente de lo acontecido, sí parece demostrado que se empleó gas mostaza en el bombardeo de los focos de resistencia rifeña. La producción de armas químicas se hizo en España, presumiblemente en el aún complejo militar de La Marañosa, cerca de Madrid, bajo la dirección del ingeniero alemán Hugo Stoltzenberg. Las armas químicas ya habían sido utilizadas en la Primera Guerra Mundial, con efectos devastadores, y, de hecho, su uso quedó prohibido en buena medida a través de un Tratado internacional (Protocolo de Ginebra, 1925).


Hoy, casi noventa años después, algunos investigadores aseguran que los efectos de esos bombardeos siguen siendo evidentes en la zona y, de hecho, justificaría una tasa de enfermedades cancerígenas en la población superior a la existente en zonas cercanas no afectadas. Por primera vez, en 2007, un grupo parlamentario español, el de Esquerra Republicana de Catalanya, pidió en el Congreso de los Diputados la adopción de una moción de condena de los hechos, propuesta que fue rechazada por los grupos parlamentarios socialista y popular.