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lunes, 8 de julio de 2013

Nuevos estados europeos del siglo XX: el Estado Independiente de Croacia de Ante Pavelic

Mapa del Estado Independiente de Croacia (1941-1945). Fuente: Wikipedia


Segundo capítulo de nuestra serie de verano “Nuevos estados europeos del siglo XX”, dedicado, esta vez también, a un estado que, igual que Eslovaquia, protagonista de la primera entrega, actualmente existe pero bajo un régimen político profundamente diferente al que alumbró el dominio nazi en la Europa de la Segunda Guerra Mundial: el Estado Independiente de Croacia (Nezavisna Država Hrvatska, NDH).


Si la República Independiente de Eslovaquia surge como estado títere alemán tras la desintegración forzada de Checoslovaquia de 1939, el Estado Independiente de Croacia lo es de la Alemania nazi y la Italia fascista cuando la primera invade Yugoslavia en 1941. Yugoslavia, un estado plurinacional fallido surgido tras la Primera Guerra Mundial, no pudo sobrevivir a las presiones ejercidas por el III Reich. La estrategia alemana, solamente en parte apoyada por Mussolini, pasaba por constituir un estado croata que fuese un fiel y muy directo aliado en los Balcanes. Pese a algunas reticencias y diferencias, Italia dio soporte político al nuevo estado. En este sentido resulta incluso en parte cómico pensar que se aprovechó la coyuntura para entronizar como jefe de estado de Croacia a un miembro de la familia reinante en Italia, a Aimone de Saboya, que reinó (sin nunca pisar territorio croata) como Tomislav II. Hitler, en cambio, reparó más en asuntos de calado político interno más profundo. Su plan inicial pasaba por colocar al frente de ese estado al poderoso partido conservador católico del país, el Partido Campesino Croata, pero el rechazo de éste llevó finalmente a confiar tal creación de éste al movimiento ultranacionalista fascista de Ante Pavelic conocido como los ustacha. En todo caso, realmente el territorio del nuevo estado estuvo siempre ocupado por fuerzas militares del Eje, tanto de Alemania como de Italia, en este último caso solamente hasta la capitulación ante los aliados. El régimen fascista de los ustacha fue solamente reconocido por los estados del Eje y, excepcionalmente, por algún estado neutral, caso de la España de Franco. Su política internacional y de guerra fue muy dependiente del III Reich y de Mussolini.


La situación interna de esta Croacia “independiente” fue muy precaria y extremadamente violenta. El régimen instaurado en Zagreb, que compensó amplísimas cesiones territoriales a favor de Italia en la costa del Adriático con la integración de Bosnia-Herzegovina, se inspiró en el conocido comúnmente como fascismo clerical. No obstante, las iniciales muy buenas relaciones con la Iglesia católica croata, que apoyó primero el movimiento nacionalista durante los años treinta y posteriormente la independencia, se tornaron hostiles en gran medida debido a la brutalidad represiva del régimen de Pavelic. La polémica figura del arzobispo de Zagreb, Stepinac, condenado por las autoridades comunistas por colaboración con el régimen fascista, fue quien mantuvo esa difícil relación con el máximo dirigente del estado croata.


Los ustacha, extremadamente fanáticos, sembraron el pánico entre las minorías étnicas situadas en el territorio del nuevo estado croata, especialmente entre judíos, gitanos y serbios. Los fascistas croatas, inspirados por sus correligionarios alemanes y húngaros, crearon un ideal racista propio. Curiosa e “interesadamente” esa represión no se dirigió hacia la población bosnia de religión musulmana que, en general, fue tratada con benevolencia, en buena medida por ser considerados enemigos históricos y un buen contrapeso de los serbios de religión ortodoxa. Los campos de concentración de Croacia, algunos verdaderos campos de exterminio como el de Jasenovac, rivalizaron con los alemanes de Polonia. Este campo es tristemente recordado por las atrocidades de las que fueron víctimas en él decenas de miles de serbios. En el verano de 1942 varios miles de adultos fueron decapitados y se estima que casi 20000 niños también fueron asesinados en él. Imágenes fotográficas de tales atrocidades, actualmente disponibles en la Red, estremecen a cualquiera que las vea.

Controlada por la Alemania nazi, los ustacha también colaboraron activamente con la temprana deportación de los judíos del territorio, entre 35000 y 40000, a campos de exterminio de Polonia. En general, fruto de la brutal represión ustacha, se estima que el régimen ultranacionalista croata fue responsable del asesinato de aproximadamente 10000 gitanos, casi 350000 judíos y entre 250000 y 500000 serbios, aparte de grupos más reducidos de población eslovena e incluso italiana. De hecho la relación entre croatas e italianos en las zonas costeras ocupadas por estos últimos fueron extremadamente malas, conflictivas, con numerosos sucesos de violencia. 

El régimen cayó al poco de ser tomada su capital, Zagreb, por los partisanos, en mayo de 1945, y finalmente, con el apoyo de las potencias aliadas, su territorio integrado nuevamente en el recién reconstituido estado de Yugoslavia.

Sorprendente resulta conocer con detalle la suerte de la mayor parte de los responsables de este régimen político criminal. Lograron, en medio de la confusión de la posguerra europea, el respaldo de organizaciones clandestinas de apoyo a refugiados que operaron desde el Vaticano y una interesada tolerancia de los aliados occidentales, salir de Croacia y exiliarse, la mayoría en América Latina. El destino preferido fue la Argentina de Perón, aunque parte acabó recalandoen la España de Franco donde las autoridades del régimen les prestaron un discreto apoyo. Destacan, por encima de otras, dos figuras: la del propio Ante Pavelich, que murió en Madrid en 1959, dos años después de huir precipitadamente de Buenos Aires tras un atentado, y donde aún podemos encontrar la tumba donde están enterrados sus restos en el cementerio de San Isidro, y uno de los comandantes del campo de exterminio de Jasenovac, Maks Luburić (Maks el carnicero), refugiado en Valencia bajo una identidad nueva dada por las autoridades españolas, Vicente Pérez García. Murió asesinado por una agente del estado yugoslavo de Tito en 1969.


Tumbas de Ante Pavelic y su esposa en el cementerio madrileño de San Isidro.

domingo, 26 de agosto de 2012

Vísteme despacio que tengo prisa: historias automovilísticas; Louis Renault y el nazismo

Las vacaciones se aproximan a su final y el próximo curso está ahí, cerca. Cerramos el ciclo Verano de historias olímpicas, dedicado al deporte y que tanto interés ha merecido por parte de muchos de nuestros seguidores, y a muy pocas semanas ya de que Historia_a_por_Todas regrese a sus quehaceres de apoyo al estudio de nuestros propios estudiantes, nos damos margen para otro ciclo de relatos de historia centrados en temas de interés sugeridos. Sí, "vísteme despacio que tengo prisa", porque en estos días nos vamos de historias automovilísticas asombrosas, estirando las vacaciones, y empezamos con el fundador de una de las más conocidas empresas automovilísticas mundiales actuales: Louis Renault.

Pocos saben que la actual empresa automovilística Renault ha sido durante muchos años, desde 1945, una empresa pública del Estado francés nacionalizada pocas semanas después de que el país fuese liberado de la ocupación nazi. En momentos de revancha entre franceses, quienes fueron acusados de colaboracionismo con la Alemania nazi corrieron mala suerte. Algunos fueron simple ajusticiados, en plazas y calles; otros sufrieron persecución judicial y fueron condenados a distintas penas. Entre los que "perdieron" por la guerra en Francia estuvo Louis Renault. Hoy Renault es una empresa con mayoría de capital privada pero donde aún el Estado francés tiene una participación minoritaria. 


La historia de Louis Renault es la de un pionero en la automoción en Europa. Con apenas 21 años construyó su primer vehículo a partir de la adición de una rueda al triciclo De Dión y añadiéndole una tansmisión al vehículo, caja de tres velocidades y marcha atrás. Fue, además de pionero y creativo, un aventurero. Participó en las primeras carreras deportivas de coches y los Juegos Olímpicos de 1900. Pero no se quedó unicamente. Su espíritu de aventura y gusto por el riesgo también le llevó al mundo de los negocios. Junto a sus hermanos Marcel  y Fernand fundó Renault frères (Hermanos Renault) en 1900, aunque en apenas ocho años acabó convirtiéndose en el propietario único de la empresa. 

Lo que empezó siendo una pequeña empresa mecánica de apenas 60 trabajadores en 1900 se convirtió en apenas 30 años en un emporio de la industria automovilística francesa y europea que empleaba a unos 20000 trabajadores. El éxito de Louis Renault se basaba en la incorporación a la automoción de muchos de los más modernos métodos organizativos del trabajo -por ejemplo el fordismo- y adelantos tecnológicos a sus productos. Fue de los primeros productores de carros de combate y el apoyo de su empresa fue decisivo para la victoria de Francia en la Primera Guerra Mundial. Los años veinte y treinta fueron de gran prosperidad del negocio y de rivalidad con otros constructores, en su caso especialmente con André Citröen. No obstante, cuando Citröen vendió su negocio a mediados de los treinta a Michelin, Louis Renault se convirtió en la referencia principal de la potentísima industria francesa del motor.


La ocupación alemana de Francia tras el armisticio de 1940 afectó a la empresa Renault. Sus fábricas pasaron a esta bajo administración del III Reich. Es aquí donde las versiones sobre el papel de Louis Renault difieren. Para la Resistencia, Louis Renault fue un entusiasta colaboracionista que puso sus medios industriales al servicio de la Alemania nazi. Renault produjo camiones y reparó tanques para el Ejército alemán (la Wehrmacht). Incluso se benefició de relaciones familiares con el gobieno colaboracionista de la Francia de Vichy. Para él y su familia -que aún hoy intenta su restablecimiento público- esa colaboración fue forzada, en contra de su voluntad, estando él ya gravemente enfermo. Lo cierto es que fue encarcelado en el verano de 1944 y a los pocos meses, en octubre de ese mismo año, murió en prisión. La empresa fue nacionalizada el 1 de enero de 1945. 

Años después su familia prosigue su lucha por reivindicar la figura del fundador del imperio automovilístico. En el terreno económico, el objetivo ha sido conseguir una indemnización por la expropiación de 1945. Tras años de batalla judicial, el pronunciamiento de la Justicia francesa le ha resultado adverso. No obstante, con independencia del interés económico o no de los nietos de Louis Renault lo cierto es que esta historia reabre aún el fantasma del colaboracionismo de buena parte de la sociedad francesa con la ocupación nazi, en parte silenciada y pública e interesadamente reducida a una élite de la sociedad de aquella época.