viernes, 18 de mayo de 2012

La Guerra fría y el espionaje: el caso de Günter Guillaume y otros "topos"; y seguimos con la WebQuest Good Bye, Lenin


Trabajamos ya, en equipos, nuestra WebQuest Good Bye, Lenin. Compartimos la construcción de conocimiento con nuestro blog colaborativo Back in the DDR y también nos iniciamos en la producción de las presentaciones multimedia sobre los seis temas básicos de esta gran unidad temática dedicada a la Guerra Fría y la Descolonización: Estos dos vídeos breves de ArteHistoria, nos ayudan a aproximarnos a las consideraciones básicas, así como nuestro guión básico de contenidos.




Uno de los asuntos que abordamos con motivo de la Webquest es el espionaje. La lucha permanente entre los dos bloques puso en valor el papel de los servicios de inteligencia (espionaje) de las dos superpotencias -CIA (EE.UU.) y KGB (URSS)- y sus aliados. Obviamente la Stasi, al servicio del estado de la República Democrática Alemana, tal como hemos visto tanto en Good Bye, Lenin (Becker, 2003) como en algunos fragmentos de La vida de los otros (Henckel, 2006), estuvo al servicio del KGB y del bloque soviético. No solamente se encargó de controlar las actividades políticas de sus propios ciudadanos en el territorio de la RDA, sino también, entre otras misiones exteriores, a realizar labores de inteligencia en la República Federal de Alemania (RFA). La estrategia de infiltración (véase el estupendo documental Topos e infiltrados) fue utilizada con mucha eficacia. En algunos casos, tanta, que el espionaje llegó a la mismísima presidencia del gobierno (cancillería) de la RFA. El caso Guillaume (1974) fue tal vez el más grave: el descubrimiento de cómo uno de los más estrechos colaboradores del que fue alcalde de Berlín Occidental durante años, líder del SPD (partido socialdemócrata de la RFA) y en ese momento canciller (presidente del Gobierno), era realmente un espía de la RDA que había pasado a sus autoridades información extremadamente "sensible". No fue el único caso ni mucho menos, pero sí tal vez el más famoso de los años setenta. El descubrimiento de los hechos obligaron a que el mismísimo Willy Brandt tuviese que dimitir como canciller