miércoles, 6 de agosto de 2008

Olimpiadas y política exterior española: el boicot a Berlín 1936



En cuestión de horas se inauguran en Pekín los Juegos Olímpicos de 2008. Se trata de la mayor celebración deportiva mundial que congrega, cada cuatro años, a los mejores deportistas de casi todas las especialidades durante dos semanas cada cuatro años en una ciudad.



Los Juegos Olímpicos modernos, iniciados en 1896 en Atenas bajo la promoción del Barón de Coubertain, no han estado exentos de polémica política, normalmente asociada a las circunstancias del estado en cuya ciudad se organizan. Los de Pekín, ni mucho menos, son una excepción, en este caso jalonados por las denuncias de violación de los derechos humanos por parte del régimen comunista de la República Popular China. La reciente sublevación del Tibet, ocupado por China desde 1959, ha servido para retomar éste y otros motivos de denuncia, como la sistemática utilización de la pena de muerte, la censura informativa, la represión de las minorías étnicas, la persecución religiosa –particularmente de la Iglesia Católica-, etc. No obstante, más allá de estas polémicas, éstos no han sido unos Juegos objeto de boicot como sí lo han sido, con éxito variable, los Juegos Olímpicos de Montreal (1976), Seúl (1988) y en mayor medida, Moscú (1980) o Los Ángeles (1984).



Menos conocido es el boicot que la España republicana hizo de los Juegos Olímpicos de Berlín, celebrados en 1936. Ya en 1931 la elección no estuvo exenta de controversia pues precisamente la capital alemana se impuso a la candidatura de Barcelona. Nada que objetar, no obstante, en principio, a la candidatura alemana en un momento en el que tras la Primera Guerra Mundial el estado centroeuropeo recuperaba su protagonismo político internacional. Todo cambió, no obstante, en 1933, con la ascensión de Hitler al poder. La amenaza de que los Juegos fuesen utilizados internacionalmente por la propaganda nazi fue denunciado por varios dirigentes políticos y deportivos. Incluso se pensó seriamente en promover un cambio de sede. Nada de esto sucedió. Únicamente la España republicana boicoteó la celebración de estos Juegos, y en su sustitución, organizó las denominadas Olimpiadas Populares, en Barcelona, fuertemente politizados, en este caso por el respaldo que a su celebración le dieron organizaciones internacionales de izquierda.